Determinar
si un presidente, primer ministro, monarca o cualquier otra persona (no nos referimos a nadie en particular) es un buen orador o no, depende de un análisis objetivo
cuyo resultado generará opiniones diversas, no obstante, debe fundarse
en los principales factores que intervienen en la actividad oratoria: el orador
y el discurso. Un análisis subjetivo arrojará resultados que dependerán de la
simpatía o antipatía del analista y la posición o cargo que ocupa el orador, en
cuyo caso se establece una relación directamente proporcional a su jerarquía:
mientras más elevada, mejor orador será considerado el personaje aunque sea pésimo
en la materia (priva la adulación y sus efectos). Si se trata de regímenes
autoritarios o de gobiernos que pretenden no ser tales, los análisis objetivos
brillarán por su ausencia, so pena de ser víctimas del más absoluto ostracismo.