Los humanos le damos valor a todas las cosas, incluidas las palabras. Por eso en todos los idiomas existen voces llamadas malas palabras (ajos, groserías, palabrotas) que a más de uno horrorizan cuando las oyen en público, pero seguramente usan con mucha frecuencia en su entorno privado. Ese calificativo de “malas palabras” que le asignamos me parece injusto, sobre todo porque en ciertas ocasiones las decimos con más gusto que las “buenas” palabras y además porque “malas” la verdad, no son.