viernes, 8 de junio de 2012

Dominio escénico

Imagine que el jefe de la oficina donde trabaja le informa que en una semana deberá exponer los resultados de la gestión del último semestre. Si su reacción inmediata es preparar la presentación oral, lo más seguro es que saldrá bien librado del compromiso, sobre todo si toma en cuenta lo que hemos señalado en los temas anteriores del Curso de Retórica, pero si su respuesta es de angustia y siente que el mundo se le viene encima, es posible que usted sea otra víctima de un fenómeno que afecta a muchas personas: el miedo escénico.

El miedo escénico es una respuesta psicosomática que se manifiesta con temblor general, sudor, hipotermia, taquicardia, bloqueo mental, y otros signos y síntomas. Esa respuesta es producida por el organismo frente a una situación de peligro inminente, que en el caso que nos ocupa es infundada y estimulada por el temor de equivocarnos, de bloquearnos o de ambas cosas, lo que seguramente no ocurrirá si usted se prepara conscientemente.

Es lógico pensar que al dirigirse a un auditorio usted estará sometido al escrutinio del público y eso le generará angustia. Pero no se preocupe. Si usted está bien vestido (nos referimos a sobriedad y pulcritud), su voz resulta agradable desde el inicio de su intervención, refleja seguridad en usted mismo y tiene dominio absoluto del tema, ese escrutinio se diluirá minutos después de que comience a hablar. Entonces el problema parece estar centrado en la preparación previa que deberá hacer para lograr esa seguridad y dominio del tema que son la columna vertebral de su disertación.

La mayoría de los profesionales sólo sienten algo que podemos llamar "un pequeño susto" antes de pararse frente a su auditorio, pero desaparece una vez que salen al escenario (porque tienen dominio). Así ocurre con los comunicadores sociales, que en la mayoría de los casos no leen, pero su formación les facilita hablar a la audiencia sin un texto. En el caso de un orador el asunto se complicaría mucho si no conoce bien el tema que va a tratar, algo que no debería ocurrir. Lo bueno es que siempre saldremos airosos si hacemos una buena preparación, que es la clave para lograr el dominio escénico.

Por eso, a partir de este momento usted ya no pensará más en el miedo escénico sino como la descripción de una situación que superará y que va a sustituir con el dominio escénico, que comienza con la imagen, la presentación personal y el atractivo personal, temas que hemos tratado en los temas previos.

El dominio escénico le permitirá concentrarse en su discurso, en la idea que quiere comunicar y en la forma en que logrará mejor su objetivo a través de los matices, fuerza e intención que le imprimirá a sus palabras a través del énfasis, los gestos y las posiciones del cuerpo.
El énfasis es lo que nos permite darle fuerza y carácter a las palabras. Para hacer énfasis en la literatura recurrimos a los signos de puntuación, a las mayúsculas, a las negrillas, a las itálicas o  al subrayando de voces o frases. En la oratoria lo hacemos mediante la entonación, la intensidad, el ritmo y la gesticulación.

Los gestos forman parte del lenguaje corporal y cuando hay incoherencia entre las señales verbales y las no verbales hay una tendencia del receptor a confiar más en éstas. Según Albert Mehrabian, citado por Pease “(…) el impacto total de un mensaje es verbal en un 7 por ciento (palabras solamente), 38 por ciento vocal (incluye el tono de la voz, los matices y otros sonidos) y 55 por ciento no verbal” (PEASE, Allan. “El Lenguaje del Cuerpo” P. 12) Pease agrega que “los investigadores han registrado casi un millón de claves y señales no verbales.” Tenga presente que los gestos son universales y no se limitan a las manos, también los hacemos con los brazos, las piernas, expresiones de la cara y con la orientación y desplazamientos del cuerpo.

La gesticulación en el discurso no debe ser exagerada y debe tener total correspondencia con lo que dice. Nunca “dibuje” con sus manos unas comillas en el momento en que se refiere a frases o ideas que ameritan un aire de dubitación o de relatividad. Eso equivale a dibujar un signo de interrogación con el dedo índice, para luego decir sin entonación alguna: “Se imaginan qué hermoso sería el mundo sin guerras” e inmediatamente dibujemos el signo de cierre de la interrogación para que el público interprete que la frase que acaba de pronunciar sin entonación alguna, es una pregunta.

Jamás diga: “dos puntos”; “puntos suspensivos”, “abro (o cierro) comillas”, etcétera. ¿Acaso cuando hablamos decimos: “punto y aparte”, “punto y seguido”, “coma” o "abro interrogación"? Debemos conocer y usar los recursos adecuados para expresar los giros e inflexiones que el texto nos indica con los signos de puntuación (si estamos leyendo) o el carácter que queremos darle a nuestras palabras (si no leemos) lo que lograremos a la perfección con movimientos de la cabeza, expresiones de la cara, cerrando un poco los ojos, frunciendo los labios, haciendo una corta pausa, etcétera, lo que permitirá a nuestro auditorio interpretar ese carácter de las palabras que deseamos poner de manifiesto. Cuando cite una frase o declaración de una persona simplemente diga: “cito” justo antes de la frase que va a evocar y “fin de la cita” inmediatamente después de culminarla pero, reiteramos, ¡NUNCA DIBUJE LAS COMILLAS!  (perdóneme por gritar así).

Ejercicio.

1.      Recuerde una estrofa de algún poema que conozca o memorice el siguiente:
            Los zapaticos me aprietan,
            Las medias me dan calor
            Y el beso que me dio mi madre
            Lo llevo en el corazón.

2.       Convoque a personas de su entorno familiar, laboral o amistades.

3.       Declame la estrofa varias veces dándole por lo menos seis de los siguientes matices: 

Tristeza (acaban de comunicarle el fallecimiento de un ser querido)
Enojo
Risa (carcajadas por un chiste muy bueno)
Miedo
Sollozo
Regaño
Reflexión
Debate (refutando opinión contraria)
Llanto inconsolable
Sorpresa
Solemnidad
Felicidad (celebrando una gran noticia)

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